Por: Ernesto Velit Granda
La incertidumbre sobre la definición electoral a la Alcaldía de Lima terminará, sin duda, el próximo 3 de octubre. Todo lo que pase antes es pura especulación, y en ese mar proceloso de anuncios y desmentidos se van perfilando actores y actitudes que, sin exagerar, parecieran anunciar cambios sustanciales en los liderazgos políticos.
El caso de Susana Villarán es emblemático. En oportunidades anteriores muchos peruanos nos hemos preguntado por qué una candidatura como la de ella, que reúne más cualidades que defectos, más virtudes que pecados, no llega a conquistar el volumen de aprobación que, sin duda, se merece. Hemos tratado de respondernos diciendo que tal vez el discurso político no está bien planteado, que tal vez sea el temor que a muchos despierta la izquierda peruana, donde ella milita, por su conducta errática y carente de posiciones racionales, que a lo mejor su condición de mujer, en este caso y frente a una sociedad mayoritariamente machista, le restaba fuerza o, por último, por ser una cara nueva en el escenario tradicional ocupado, desde hace décadas, por los mismos rostros y en una colectividad amante de lo ya conocido.
Sin embargo, como la gota que orada la roca, sin alusiones personales, Susana Villarán hizo de su propósito y voluntad de servicio una suerte de profesión de fe. Buscó hacerse conocer y en los pocos cargos públicos que ocupó lo hizo, siempre, con transparencia y coraje logrando definirse un espacio en los sectores medios y populares, preferentemente, convirtiéndose en no solo candidata a la elección municipal, sino en una lideresa legítima de la izquierda democrática con todos los méritos y autoridad para convocar a los grupos de izquierda y centroizquierda a formar una suerte de frente amplio cuyos proyectos políticos no concluyan sino atraviesen las elecciones de octubre.
Nadie con más derecho que ella a reclamar un lugar que ya se le concedió, cualquiera fuera su destino electoral. El compromiso ya es nacional y las voluntades que convoque lo son, igualmente.
Nuestra izquierda, que tan pocos signos de vida ha dado últimamente, busca recuperar el lugar que su imprudente silencio puso en riesgo. Hoy, de vuelta de los monasterios de reflexión, recupera su identidad y le toca hacerlo en el ensayo de octubre.
Se acabó la oscuridad en los discursos, la confusión ideológica, los trapicheos y desavenencias que siempre agotaron los proyectos de unidad. Alfonso Barrantes fue el último esfuerzo de unidad que la envidia enterró.
No hay por qué avergonzarse de viejas convicciones ni de antiguas militancias. Hay que avanzar para recuperar lo que se tuvo, más aun si se es consciente de que la izquierda supo librarse de las marcas de la infamia y conserva autoridad para decir su verdad.
Este es el reto mayor que Susana Villarán enfrenta, con ese coraje ético que fue y es bandera en sus avatares políticos. Hay que hacer de las elecciones municipales no solo una oportunidad de triunfo sino, también, un inventario de las fuerzas, un balance de los recursos, pero sobre todo un esfuerzo de unidad alrededor de quién hoy representa esas esperanzas que nunca se perdieron.











